Me aplasta una alfombra bizarra y barroca que compré en las rebajas, entre Berlín y Marbella.
Encima, un cielo siempre encendido y verde y vidrioso permanece inalcanzablemente expuesto al infinito, irremediablemente.
Una barra de acero separa mi cerebro en dos, transversalmente.
Sobre el asfalto húmedo y caliente estoy estirado, tirado, desnudo.
Debajo, la tierra negra, opaca, madre, me espera inevitablemente generosa, asquerosamente ansiosa, pulposa, rugosa.
