jueves, 30 de octubre de 2008
Eón
De un instante nacen infinitas posibilidades de las cuales una es viable, otra contraria, otra imposible, y así.
Y así avanzamos, al loro, por la frágil realidad hecha de pedazos de posibles frustrados por el cálculo implacable de la decisión inmediata o de la inercia, según se mire.
Sendero luminoso; ilusión certera.
Camino pedregoso; balsa de aceite.
Tensa el hilo hasta vomitar la bilis.
No. Nunca se romperá.
¡Despertad! gritan en sueños los incautos.
¡Viva la muerte! gritan los lúcidos en vilo.
Y así avanzamos, al loro, por la frágil realidad hecha de pedazos de posibles frustrados por el cálculo implacable de la decisión inmediata o de la inercia, según se mire.
Sendero luminoso; ilusión certera.
Camino pedregoso; balsa de aceite.
Tensa el hilo hasta vomitar la bilis.
No. Nunca se romperá.
¡Despertad! gritan en sueños los incautos.
¡Viva la muerte! gritan los lúcidos en vilo.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Tierra
Estamos en un parque.
La densidad de la vegetación de alrededor nos impide ver más allá.
En el centro, un lago con una fuente en medio.
Una fuente de carne, una especie de construcción cárnea, abstracta, que late, de la que salen chorros de un líquido blanco y espeso, no me hagas detallar más.
Palpita, la fuente palpita como un corazón, pero de manera desordenada, descompasada.
Repugnante.
Nos acercamos a la fuente a beber, tenemos sed, una sed tan acuciante que nos hace ignorar la repugnancia que sentimos ante el líquido que ingerimos. Sed o hambre, o lo que sea.
Bebemos el líquido asqueroso que nos sabe a néctar.
Ante la ansia fisiológica caemos.
Nos caemos en el lago nauseabundo nacido del derroche de la materia orgánica que hace las veces de fuente.
Caemos de pleno, ¡Chofffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff!
Sentimos como el líquido caliente se introduce por los oídos, por las fosas nasales, por nuestra boca grande abierta.
Tan espeso que resulta difícil tragarlo.
Una corriente de placer nos inunda.
Un electrochoque atraviesa nuestro sistema nervioso de la coronilla a la planta de los pies, dejándonos por un momento fuera de juego.
Como en trance.
Muertos.
Salimos a flote.
El placer ha cesado.
Nos encontramos desnudos y apestosos.
Bañados en sudor y flujos.
Conscientes.
Desesperados, intentamos salir del lago viscoso.
Gritamos auxilio mientras nos aferramos a tierra firme, pero la complejidad del jugo nos sigue atrayendo hacia lo más profundo y oscuro del lago.
En pánico, nos agitamos en todos los sentidos buscando socorro.
De repente, aparece entre los árboles lo que parece un cervatillo.
Su simple presencia nos tranquiliza.
Nos observa lateralmente, como de reojo, fijando su mirada hacia un punto equidistante, inverosímil.
Atentos, esperamos a que se acerque. Absortos. Atónitos.
Pasmados. Pasmados.
Poco después, el cervatillo se acerca con su cursi caminar.
Todo está en calma.
Avanza sobre el césped silenciosamente, sinuosamente.
Una vez delante nuestro, nos arrastra hacia afuera.
Inmóviles, extendidos sobre la yerba, el cervatillo nos lame la cara, nos introduce la lengua en las narices extrayendo hasta la última del espeso elemento.
El cervatillo continúa sus lameteos por las orejas, por los sobacos.
Se recrea ostensiblemente en el ombligo, tanto que nos da la sensación de que nos ha perforado el estómago.
Desciende más abajo.
Recorre nuestros genitales con minuciosidad y detenimiento.
Su lengua se desliza entre las piernas.
Su lengua penetra sin miramientos nuestro ano.
Se introduce tan hondo que nos provoca arcadas, luego el vómito.
El resto parece tener menos importancia.
Finiquita piernas y pies en dos lengüetazos.
Nos incorporamos.
Ante nosotros, un punto de luz tan intenso que parece sólido, compacto.
Una bola metálica e incandescente que flota sobre nuestros pies.
¿Quien eres?
Soy el Cordero de dios.
El que quita los pecados del mundo.
La densidad de la vegetación de alrededor nos impide ver más allá.
En el centro, un lago con una fuente en medio.
Una fuente de carne, una especie de construcción cárnea, abstracta, que late, de la que salen chorros de un líquido blanco y espeso, no me hagas detallar más.
Palpita, la fuente palpita como un corazón, pero de manera desordenada, descompasada.
Repugnante.
Nos acercamos a la fuente a beber, tenemos sed, una sed tan acuciante que nos hace ignorar la repugnancia que sentimos ante el líquido que ingerimos. Sed o hambre, o lo que sea.
Bebemos el líquido asqueroso que nos sabe a néctar.
Ante la ansia fisiológica caemos.
Nos caemos en el lago nauseabundo nacido del derroche de la materia orgánica que hace las veces de fuente.
Caemos de pleno, ¡Chofffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff!
Sentimos como el líquido caliente se introduce por los oídos, por las fosas nasales, por nuestra boca grande abierta.
Tan espeso que resulta difícil tragarlo.
Una corriente de placer nos inunda.
Un electrochoque atraviesa nuestro sistema nervioso de la coronilla a la planta de los pies, dejándonos por un momento fuera de juego.
Como en trance.
Muertos.
Salimos a flote.
El placer ha cesado.
Nos encontramos desnudos y apestosos.
Bañados en sudor y flujos.
Conscientes.
Desesperados, intentamos salir del lago viscoso.
Gritamos auxilio mientras nos aferramos a tierra firme, pero la complejidad del jugo nos sigue atrayendo hacia lo más profundo y oscuro del lago.
En pánico, nos agitamos en todos los sentidos buscando socorro.
De repente, aparece entre los árboles lo que parece un cervatillo.
Su simple presencia nos tranquiliza.
Nos observa lateralmente, como de reojo, fijando su mirada hacia un punto equidistante, inverosímil.
Atentos, esperamos a que se acerque. Absortos. Atónitos.
Pasmados. Pasmados.
Poco después, el cervatillo se acerca con su cursi caminar.
Todo está en calma.
Avanza sobre el césped silenciosamente, sinuosamente.
Una vez delante nuestro, nos arrastra hacia afuera.
Inmóviles, extendidos sobre la yerba, el cervatillo nos lame la cara, nos introduce la lengua en las narices extrayendo hasta la última del espeso elemento.
El cervatillo continúa sus lameteos por las orejas, por los sobacos.
Se recrea ostensiblemente en el ombligo, tanto que nos da la sensación de que nos ha perforado el estómago.
Desciende más abajo.
Recorre nuestros genitales con minuciosidad y detenimiento.
Su lengua se desliza entre las piernas.
Su lengua penetra sin miramientos nuestro ano.
Se introduce tan hondo que nos provoca arcadas, luego el vómito.
El resto parece tener menos importancia.
Finiquita piernas y pies en dos lengüetazos.
Nos incorporamos.
Ante nosotros, un punto de luz tan intenso que parece sólido, compacto.
Una bola metálica e incandescente que flota sobre nuestros pies.
¿Quien eres?
Soy el Cordero de dios.
El que quita los pecados del mundo.
martes, 28 de octubre de 2008
Paso ap
Oí pasos sobre mi cabeza.
Fui al espejo para verificar que seguía ahí, mi cabeza.
Todo parecía en orden: mi mirada distante, mis cejas sobre ella, nada anormal.
Volví al sofá.
Escuché atentamente.
Parecían dirigirse a algún sitio en concreto, hacía la habitación.
Los seguí. Una vez allí abrieron la puerta del balcón.
Fui.
Miré.
Todo parecía normal: árboles, un coche que pasaba, por debajo.
Arriba: el cielo azul, y alguna nube, también por debajo.
Me concentré en los pasos, seguían avanzando.
Los seguí, hacia adelante, sin miedo: todo parecía normal.
Atravesé el espacio exterior, como quien marcha sobre las aguas.
Anduve durante un buen rato, nada excepcional.
Seguí siguiendo los pasos, hasta un paraje impreciso, indeterminado.
Los pasos cesaron de pronto.
Los había seguido en diagonal ascendiente, hacia oriente.
Debajo de mí, lo que parecía un país y la línea del horizonte, oblicua, casi sagrada.
Delante, un brillo azur y negro.
Me tumbé, automáticamente, boca abajo.
Un aire cálido ascendía de la tierra en perpetuo movimiento.
Olores a sudor y vapor de agua se mezclaban en ese punto con un vacío gélido a la espalda del mundo.
Un sinfín de colores de los mares del sur, de Ribera del Duero.
Sonreí hasta la carcajada.
Extendí brazos y piernas.
Grité de alegría.
No estaba.
Fui al espejo para verificar que seguía ahí, mi cabeza.
Todo parecía en orden: mi mirada distante, mis cejas sobre ella, nada anormal.
Volví al sofá.
Escuché atentamente.
Parecían dirigirse a algún sitio en concreto, hacía la habitación.
Los seguí. Una vez allí abrieron la puerta del balcón.
Fui.
Miré.
Todo parecía normal: árboles, un coche que pasaba, por debajo.
Arriba: el cielo azul, y alguna nube, también por debajo.
Me concentré en los pasos, seguían avanzando.
Los seguí, hacia adelante, sin miedo: todo parecía normal.
Atravesé el espacio exterior, como quien marcha sobre las aguas.
Anduve durante un buen rato, nada excepcional.
Seguí siguiendo los pasos, hasta un paraje impreciso, indeterminado.
Los pasos cesaron de pronto.
Los había seguido en diagonal ascendiente, hacia oriente.
Debajo de mí, lo que parecía un país y la línea del horizonte, oblicua, casi sagrada.
Delante, un brillo azur y negro.
Me tumbé, automáticamente, boca abajo.
Un aire cálido ascendía de la tierra en perpetuo movimiento.
Olores a sudor y vapor de agua se mezclaban en ese punto con un vacío gélido a la espalda del mundo.
Un sinfín de colores de los mares del sur, de Ribera del Duero.
Sonreí hasta la carcajada.
Extendí brazos y piernas.
Grité de alegría.
No estaba.
Venus
La última vez que estuve me encontré con Venus.
Con la mirada baja, casi dormida, me dijo suavemente: vuelve.
No supe que responder. No tengo nada contra ella, ¡al contrario!
Pero es que en ese momento tenía la cabeza ocupada, cosas.
La miré fijamente, atravesándola... gracias, creo, le dije gracias.
Desapareció sin más, dejándome solo, como ya estaba, vamos.
Después de caer es cuando uno se hace las preguntas.
Aquí abajo todo es más preciso, no allí, en el momento.
Vuelve, vuelve...
¿Bajo qué forma?
¿Qué precio tiene?
Con la mirada baja, casi dormida, me dijo suavemente: vuelve.
No supe que responder. No tengo nada contra ella, ¡al contrario!
Pero es que en ese momento tenía la cabeza ocupada, cosas.
La miré fijamente, atravesándola... gracias, creo, le dije gracias.
Desapareció sin más, dejándome solo, como ya estaba, vamos.
Después de caer es cuando uno se hace las preguntas.
Aquí abajo todo es más preciso, no allí, en el momento.
Vuelve, vuelve...
¿Bajo qué forma?
¿Qué precio tiene?
lunes, 27 de octubre de 2008
Camino
¿Tienes algo que decir?
No, bueno, creo que no.
¿Es esa tu última palabra?
¿Cual? ¿No?
Sí.
Mmmm... déjame pensar...
Venga, date prisa.
No funciono bien bajo presión.
Te puedo dar más tiempo. ¿Cuánto necesitas?
¿Una vida?
¿Cual? ¿La tuya?
No, otra, una nueva.
Puede ser, ¿y luego?
¿Una vida? ¿Sólo una?
Ya van dos, ¿cuántas quieres?
Una sólo me parece poco.
Una es más que suficiente.
¿Tú crees? Quizá otra.
¿No crees ser suficientemente responsable?
En absoluto, soy un producto de las circunstancias.
¿Y tú, en todo eso?
No lo sé.
No, bueno, creo que no.
¿Es esa tu última palabra?
¿Cual? ¿No?
Sí.
Mmmm... déjame pensar...
Venga, date prisa.
No funciono bien bajo presión.
Te puedo dar más tiempo. ¿Cuánto necesitas?
¿Una vida?
¿Cual? ¿La tuya?
No, otra, una nueva.
Puede ser, ¿y luego?
¿Una vida? ¿Sólo una?
Ya van dos, ¿cuántas quieres?
Una sólo me parece poco.
Una es más que suficiente.
¿Tú crees? Quizá otra.
¿No crees ser suficientemente responsable?
En absoluto, soy un producto de las circunstancias.
¿Y tú, en todo eso?
No lo sé.
miércoles, 15 de octubre de 2008
sábado, 4 de octubre de 2008
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