domingo, 11 de noviembre de 2012

El fin del mundo

Del centro de su pecho irradia una energía inédita, difusa, oscura.

Del centro de su pecho emanan ondas que saturan su caja torácica sumergiendo al adolescente en un estado de confusión muda que le ocupa casi por completo.

El exterior lo siente a trozos: su hermana en la puerta articulando palabras incompletas: «vam», «cua», «undo»; el gato mordisqueando ahora sí, ahora no sus calcetines; la luz que parece caer a pedazos del aplique del techo como si fuera motas de polvo helado de un iceberg.

También percibe rayos azules que surgen de una botella vacía; estratos paralelos que forman arcos minerales de diferentes tonalidades; animales sin cuerpo que se arrastran sobre sus patas en una especie de danza estática.

Su hermana llama a la madre. Le dice que su hijo no quiere verla más. Que se ha ido definitivamente. Que no volverá. La madre se levanta con cara de incertidumbre y va corriendo a la habitación del hijo. Ve las cortinas blancas ondeando al viento sobre la ventana abierta de par en par. Las sábanas arrugadas. La cama vacía.

«¿A dónde ha ido tu hermano? ¿Dónde está?».
«¿Dónde está?», grita la madre.

Tarda unos minutos en volver en si y constatar que todo está a oscuras.

Piensa que se ha hecho de noche. Camina tanteando el espacio. «¿Dónde está?», dice en un susurro, casi pensándolo sólo.

Por más que extiende las manos en todas direcciones no alcanza objeto alguno.

«¿Dónde está?», repite echándose las manos a la cara y dejándose caer entre sollozos.
«¡Dónde estás!».

La chica sale a la calle.

Está pletórica. Se ha puesto un top estrecho sin sujetador. Sus pezones se marcan sin complejos. Una minifalda y unas zapatillas planas completan su escaso atuendo.

Se ha dejado el pelo suelto y avanza por la calle con desenvoltura, lamiendo un chupachups de cereza.

No tarda en voltearse a su paso un hombre maduro, trajeado de oficina. Ella se gira y le hace una señal. El hombre sonríe tontamente y sigue su camino.

«Ven», dice ella, «vamos a mi casa».

El hombre se vuelve de nuevo y se queda quieto, esperando a la que la chica diga algo más.

«Vamos a mi casa. Estoy sola».