En esta monótona tarde de domingo, después de acabar La Possibililté d'un île de Houellebecq, comienzo mi particular récit de vie.
Hace ya meses que no escribo nada más que mails, a la excepción de algún texto solicitado aquí y allá con fines burocráticos. Por ello, mi expresión escrita se encuentra oxidada. Supongo que necesitaré varios, muchos posts para recuperar parte de la fluidez que tenía en mi época universitaria.
Esta tarde de domingo es, como gran parte de ellas en París, grisácea y luminosa. Oigo, no muy lejos, un cuervo que repite intermitentemente un graznido molesto. Coches, motos y otros motores puntúan cada suspiro. En mi apartamento todo se hunde lentatamente: el sofá, la mesa, yo mismo. Todo espera pacientemente la llegada de un lunes atípico en el que me entrevistaré con la administración americana para ver si me dan, de una vez, un visado para Nueva York.
Mi récit de vie comienza así, en este mismo instante, en este mismo día que es el último que conozco.
Hace ya meses que no escribo nada más que mails, a la excepción de algún texto solicitado aquí y allá con fines burocráticos. Por ello, mi expresión escrita se encuentra oxidada. Supongo que necesitaré varios, muchos posts para recuperar parte de la fluidez que tenía en mi época universitaria.
Esta tarde de domingo es, como gran parte de ellas en París, grisácea y luminosa. Oigo, no muy lejos, un cuervo que repite intermitentemente un graznido molesto. Coches, motos y otros motores puntúan cada suspiro. En mi apartamento todo se hunde lentatamente: el sofá, la mesa, yo mismo. Todo espera pacientemente la llegada de un lunes atípico en el que me entrevistaré con la administración americana para ver si me dan, de una vez, un visado para Nueva York.
Mi récit de vie comienza así, en este mismo instante, en este mismo día que es el último que conozco.
