Bajé a la calle casi por inercia.
Pasaban de las dos y no había nadie.
Avancé entre cubos de basura, coches mal aparcados, algún gato.
Me metí por una calle sin asfaltar.
Había llovido el día anterior y podía sentir el barro entre los dedos de mis pies descalzos.
La calle se iba haciendo cada vez más estrecha a medida que avanzaba.
Los edificios se iban amontonando los unos sobre los otros.
Creí ver a uno de los edificios simétricamente invertido sobre mi cabeza en un momento dado.
No, mi cabeza estaba dentro del edificio.
Llegué al final.
El barro me llegaba hasta las rodillas.
Delante mío los edificios formaban un marco hacía el exterior.
Con dificultad me apoyé en lo que parecía un viejo portal y salté al otro lado.
Un grupo de mujeres desnudas pretendían hablar animadamente entre ellas.
Estaban sentadas en círculo y miraban alternativamente a la de su izquierda y luego a la de su derecha.
Movían las manos hacía fuera como para reforzar el mensaje de sus palabras, que no se oían.
Rápidamente sus gestos se volvieron rutinarios y predecibles.
Repetían sin cesar los mismos ademanes.
Me acerqué.
No se inmutaron.
Me metí dentro centro del círculo y de repente apareció una cabra que se sostuvo sobre mi torso.
Estaba a dos patas y se tambaleaba sosteniéndose como podía sobre mis hombros.
Su cuerpo peludo golpeaba el mío mientras me olfateaba nerviosamente.
Caí al suelo y fue cuando empezaron los espasmos.
Dejé de sentir al animal y poca cosa más que un sudor frío recorría mi cuerpo que se balanceaba hasta perder el sentido.
Cuando recobré el conocimiento me encontré tumbado en mi cama.
Estaba amaneciendo.
Una inmensa felicidad me acompañaría desde ese momento.
