lunes, 31 de enero de 2011

Buenos días dos mil once

La niebla invadió el espacio en pocos segundos.
No podía ver más allá de mis narices, literalmente.

Dejé de sentir el calor del sol sobre mi piel.
Dejé de oír gradualmente a los niños columpiándose; esos sonidos huecos, lejanos.

Todo lo que percibía ahora era un blanco grisáceo y espeso y una humedad tibia que se me iba calando hasta los huesos.

En poco tiempo, la niebla me atravesó por completo.
Ya no percibía una clara diferencia entre el espacio en el que me encontraba y yo mismo.
De hecho, mi cuerpo había desaparecido por completo.
Ya ni siquiera sentía mis pasos sobre el suelo y aunque creía seguir en movimiento, ya no podía afirmar con claridad hacia donde me dirigía.
Hacia adelante, hacia atrás, hacia un abismo...

Fue entonces cuando fui consciente de que yo era todo el espacio.

Todo era yo, aunque lo único que se observara de ese todo fuera un blanco, ahora impoluto, infinito.